La última vez que no supimos que era la última
Todos hemos vivido momentos por última vez sin saberlo. Quizás aprovechar la vida no sea hacer más cosas, sino aprender a disfrutar las que todavía podemos vivir.

No recuerdo la última vez que tomé en brazos a mis hijos. Tampoco recuerdo la última vez que jugué con mi padre, ni aquella tarde en que mis primos y yo nos reunimos por última vez para jugar a la pelota.
Recuerdo muchos momentos, por supuesto. Algunas conversaciones, lugares, risas y situaciones que todavía puedo reconstruir con bastante claridad. Pero no recuerdo cuándo ocurrió la última vez.
También hubo una amiga entrañable a quien veía prácticamente todos los días. Compartíamos conversaciones, historias y esa familiaridad que aparece cuando alguien forma parte de nuestra rutina. Hasta que un día dejamos de vernos. No hubo una despedida emotiva, una conversación definitiva ni una razón para pensar que aquel encuentro sería el último. Simplemente, nunca más volvimos a encontrarnos.
Y eso es lo extraño.
Cuando vivimos esas experiencias, no sabemos que están ocurriendo por última vez. Son momentos cotidianos que damos por sentados porque suponemos que volverán a repetirse.
Hasta que dejan de hacerlo.
Las despedidas que nunca ocurrieron
Cuando somos niños, jugamos sin preocuparnos demasiado por el futuro. Nos reunimos con nuestros amigos, inventamos juegos y disfrutamos de tardes que parecen interminables. Nadie se detiene a pensar que algún día dejará de jugar en aquella calle o que esos compañeros con quienes comparte prácticamente todo terminarán convirtiéndose en personas a las que quizás no vuelva a ver.
Con los años cambian nuestras responsabilidades, nuestros intereses y nuestras circunstancias. Algunos se mudan, otros forman familias, comienzan a trabajar o simplemente encuentran caminos diferentes.
No necesariamente ocurre algo malo. Tampoco tiene que existir una discusión o una ruptura. A veces las relaciones y las costumbres desaparecen de nuestra vida sin que nadie haya decidido terminarlas.
Lo mismo sucede dentro de nuestras familias. Nuestros hijos crecen y dejamos de levantarlos en brazos, de acompañarlos a ciertos lugares o de participar en juegos que antes parecían interminables. No existe una fecha establecida para esas transiciones. Un día simplemente descubrimos que ya no hacemos aquello que antes formaba parte de nuestra vida cotidiana.
Y entonces aparece una pregunta bastante incómoda: si hubiéramos sabido que aquella sería la última oportunidad, ¿habríamos hecho algo diferente?
Lo que ocurre y lo que hacemos con ello
Hay una idea que plantea que las cosas que nos suceden representan apenas una pequeña parte de nuestra experiencia, mientras que nuestra reacción determina gran parte de cómo las vivimos.
A veces se expresa mediante una proporción de 1 % y 99 %. No es una fórmula científica ni una manera de medir la vida, pero sirve para ilustrar algo interesante: dos personas pueden atravesar una situación semejante y vivirla de formas completamente diferentes.
Podemos pasar una tarde con nuestros hijos pensando en todo lo que tenemos pendiente, mirando constantemente el teléfono o esperando que llegue el momento de descansar. También podemos involucrarnos en sus juegos, escuchar sus historias y disfrutar de algo que, aunque parezca insignificante, probablemente no se repetirá exactamente de la misma manera.
La tarde será la misma. Las horas transcurrirán igual. Pero nuestra experiencia será diferente.
Por supuesto, no siempre podemos elegir cómo nos sentimos. Hay situaciones dolorosas, preocupaciones y responsabilidades que no desaparecen simplemente porque decidamos cambiar de actitud. Sin embargo, en muchos momentos cotidianos sí tenemos cierto margen para decidir dónde ponemos nuestra atención.
Y quizás ahí esté una parte importante de lo que significa aprovechar la vida.
La costumbre de dejarlo para después
Es curioso cómo administramos las cosas que consideramos importantes.
Podemos dedicar horas a resolver problemas laborales, cumplir compromisos o preocuparnos por situaciones que probablemente olvidaremos dentro de algunos meses. Mientras tanto, postergamos una visita, una conversación o una actividad que realmente disfrutamos.
No porque carezca de importancia, sino porque suponemos que habrá tiempo.
—Tenemos que juntarnos un día de estos.
¿Cuántas veces hemos dicho eso?
Y lo decimos sinceramente. Queremos volver a encontrarnos, conversar, recordar historias y compartir un momento agradable. Pero después aparecen otras obligaciones, pasan las semanas y aquella reunión queda pendiente.
Hasta que, en ocasiones, deja de ser posible.
No se trata de abandonar nuestras responsabilidades ni de vivir permanentemente preocupados por perder algo. Se trata de reconocer que las oportunidades también tienen una duración, aunque no conozcamos su fecha de vencimiento.
Aprender a estar donde estamos
Quizás hemos confundido aprovechar el tiempo con hacer muchas cosas.
Viajar más, conocer más lugares, leer más libros, acumular experiencias y llenar cada espacio disponible con alguna actividad. Como si una vida bien aprovechada pudiera medirse por la cantidad de acontecimientos que logramos reunir.
Pero también podemos disfrutar profundamente de una tarde sin hacer nada extraordinario.
Una conversación que se extiende más de lo previsto, una comida familiar, escuchar a alguien contar una historia que ya conocemos o participar en un juego cuyas reglas ni siquiera terminamos de entender.
No necesitamos convertir esos momentos en acontecimientos memorables. Tampoco fotografiarlos constantemente para asegurarnos de que existieron.
A veces basta con estar presentes.
Con dejar de pensar por unos minutos en lo que viene después y prestar atención a lo que está ocurriendo ahora.
Porque existe una diferencia enorme entre pasar tiempo con alguien y compartir realmente ese tiempo.
Quizás esta tampoco sea la última vez
No recuerdo la última vez que jugué con mi padre. Si pudiera regresar a aquella tarde, probablemente intentaría recordarla mejor. Quizás prestaría más atención a nuestras conversaciones, a sus gestos o a las cosas que entonces parecían insignificantes.
Pero hay algo contradictorio en ese deseo: si hubiera sabido que era la última vez, probablemente la habría vivido de otra manera. Y quizás habría perdido precisamente esa espontaneidad que hacía especial aquel momento.
No podemos vivir anticipando despedidas. Sería agotador y terminaríamos convirtiendo cada encuentro en una especie de ceremonia.
Tampoco necesitamos hacerlo.
Lo que sí podemos es dejar de tratar todas nuestras oportunidades como si fueran inagotables.
Todavía podemos jugar con nuestros hijos, conversar con nuestros padres, visitar a un amigo o recuperar alguna costumbre que dejamos de lado. Tal vez algunas de aquellas experiencias ya no sean posibles, pero seguramente existen otras que todavía forman parte de nuestra vida y que algún día también recordaremos con nostalgia.
No sabemos cuáles serán las últimas.
Y quizás sea mejor así.
Porque el propósito no debería ser identificar el último momento para aprovecharlo desesperadamente, sino aprender a disfrutar también de todos los anteriores.
Después de todo, la última vez que hacemos algo no necesariamente es la más importante. Puede serlo cualquiera de las anteriores, siempre que hayamos estado realmente allí para vivirla.
Comentarios