El dolor vuelve — Parte 2
Basado en hechos reales

Trece escribió debajo de PARESIA VI IZQUIERDO:
REFLEJOS DISMINUIDOS
House observó la pizarra.
Cefalea.
Diplopía.
Sexto par.
Reflejos.
En una esquina todavía sobrevivía:
NÓDULO HIPOFISIARIO — 6 mm
House tomó el borrador y lo eliminó.
Wilson apareció en la puerta.
—¿Mis veinte dólares?
House no apartó los ojos de la pizarra.
—Ahora cuestan cuarenta.
Kutner golpeó nuevamente bajo la rodilla.
La respuesta fue mínima.
Repitió el procedimiento en el otro lado.
—Hiporreflexia.
Taub dejó la ficha.
—Ya lo sabemos.
—House quiere que hagamos todo otra vez.
—House quiere que nosotros hagamos todo otra vez.
Trece estaba frente al paciente.
—Póngase de pie.
—¿Ahora van a descubrir que tampoco sé caminar?
—Esperemos que no.
Comencé a avanzar colocando un pie delante del otro.
Los primeros pasos parecían normales. Después perdí ligeramente la línea.
Trece me sostuvo del brazo.
—Otra vez.
Repetí el recorrido.
La alteración era pequeña.
Pero estaba ahí.
En la pizarra apareció:
ATAXIA LEVE
Foreman entró mientras House la observaba.
—Oftalmoparesia, hiporreflexia, ataxia.
House no respondió.
Foreman puso sobre la mesa el resultado de la punción lumbar.
—Y proteínas ligeramente elevadas en el LCR.
Trece levantó la mirada.
—Miller Fisher.
Kutner se acercó a la pizarra.
—Variante de Guillain-Barré.
Taub asintió.
—Explica el ojo, los reflejos y la marcha.
House escribió:
MILLER FISHER
Wilson apareció detrás de él.
—Neurológico.
House siguió escribiendo.
Wilson extendió la mano.
—Veinte dólares.
—Es una hipótesis.
—Una hipótesis neurológica.
—No hemos terminado.
—La apuesta tampoco decía que tenía que esperar el alta.
House lo miró.
Wilson mantuvo la mano extendida.
House sacó el billete y se lo entregó.
—Inmunoglobulina —ordenó.
Wilson guardó los veinte dólares.
—Ha sido un placer hacer negocios contigo.
Ocho frascos de cien mililitros.
Kutner los observó junto a mi cama.
—Todo esto entra hoy.
Miré la fila.
—¿Y mañana?
—Otra vez.
—¿Por cuánto tiempo?
—Cinco días.
—¿Y después?
Kutner sonrió.
—En teoría, estará mejor.
House apareció por la puerta.
—No uses «en teoría» y «estará» en la misma oración.
Kutner corrigió.
—En teoría podría estar mejor.
—Ahora sólo suenas menos demandable.
La inmunoglobulina comenzó a entrar por la vía.
Mientras tanto, la dexametasona mantenía la cefalea controlada.
Por primera vez, el caso parecía tener una forma reconocible.
Oftalmoparesia.
Ataxia.
Hiporreflexia.
Alteración del LCR.
Miller Fisher.
Había diagnóstico.
Había tratamiento.
Wilson tenía los veinte dólares.
House tenía una hora menos de consulta.
Todo parecía razonablemente resuelto.
Hasta que dejó de estarlo.
—Seis.
Trece levantó la vista.
—¿El dolor?
—Sí.
—Estaba en tres.
—Ya no.
La inmunoglobulina continuaba entrando.
El efecto de la dexametasona había terminado.
Y la cefalea había vuelto.
El fin de semana convirtió el dolor nuevamente en el protagonista.
Los médicos de turno no quisieron administrar más corticoides.
—Es lo único que me lo baja —dije.
—Podemos manejar el dolor con analgésicos.
—Ketorolaco.
—Podemos darle algo más fuerte.
—No quiero algo más fuerte.
—Está con dolor intenso.
—Prefiero el dolor a sentirme drogado.
El médico cerró la ficha.
El dolor siguió aumentando.
Vomité.
Intenté comer.
Volví a vomitar.
La inmunoglobulina continuaba entrando por la vía mientras aquello que supuestamente estaba tratando seguía sin parecer impresionado.
En algún momento me informaron que recibiría betametasona.
Después me dijeron que había recibido un placebo.
Cuando Cameron regresó, se lo conté.
Frunció el ceño.
—¿Un placebo?
—Eso me dijeron.
Cameron abrió la ficha.
Buscó.
Volvió atrás.
—Aquí no hay betametasona.
—Entonces fue el placebo.
Siguió buscando.
—Tampoco hay un placebo.
House, que acababa de entrar, se detuvo.
—¿Qué le dieron?
Cameron giró hacia él.
—No lo sé.
—Excelente.
House tomó la ficha.
—Tenemos un medicamento que no existe reemplazado por otro que tampoco existe.
Taub miró por encima de su hombro.
—Puede ser un error de registro.
—Entonces tenemos tres diagnósticos diferenciales: betametasona, placebo o incompetencia administrativa.
—¿Cuál prefieres?
House devolvió la ficha.
—El que venga con nombre y dosis.
Terminó el tratamiento con inmunoglobulina.
Cinco días.
Cuarenta gramos.
Y la cefalea seguía ahí.
Había pasado buena parte de los últimos días vomitando y prácticamente sin poder alimentarme.
House entró.
—¿Funcionó?
Lo miré.
—¿Usted qué cree?
—Pregunto porque algunas personas pagan mucho dinero por pasar cinco días conectadas a una vía.
—Entonces no.
House salió sin responder.
Wilson lo encontró frente a la pizarra.
House borró:
MILLER FISHER
Wilson apoyó el hombro en la puerta.
—Eso debe doler.
—Devuélveme los veinte.
—No.
—El tratamiento no funcionó.
—Eso no convierte mágicamente la enfermedad en no neurológica.
House siguió borrando.
—Significa que el diagnóstico estaba equivocado.
—Significa que tu diagnóstico estaba equivocado.
House se detuvo.
Wilson sonrió.
—Yo sólo aposté.
House lo miró.
—Vete.
—Veinte dólares mejor invertidos de mi vida.
Taub dejó varios estudios sobre la mesa.
—Todavía no tenemos los informes definitivos de la angio-RM ni del TAC de tórax, abdomen y pelvis.
—Tenemos las imágenes —dijo House.
—Sí.
—Entonces tenemos ojos.
Se sentaron frente a las pantallas.
Revisaron la angio-RM.
Nada que explicara satisfactoriamente el cuadro.
Revisaron tórax.
Abdomen.
Pelvis.
Kutner señaló unas imágenes hepáticas.
—Hay lesiones hipodensas.
—Probablemente quistes —dijo Taub.
—¿Pueden...?
—No —respondió House.
Kutner lo miró.
—Otra vez no me dejaste terminar.
—Otra vez ibas a decir una estupidez.
Siguieron revisando.
Nada explicaba la cefalea.
Nada explicaba satisfactoriamente el sexto par.
Nada justificaba por qué un tratamiento aparentemente correcto para Miller Fisher no había cambiado el curso del cuadro.
—Otra angio-RM —propuso Taub.
—No.
—Entonces ¿qué?
House miró la pizarra.
Después miró el informe de la primera punción lumbar.
—Repítanla.
Foreman levantó la cabeza.
—Ya tiene una punción.
—Tiene líquido cefalorraquídeo. No tiene una presión que me sirva.
Foreman tomó el informe.
—Intenté medirla.
House lo miró.
—Intentaste.
—La medición no fue concluyente.
—Le dimos cinco días de inmunoglobulina basándonos en un diagnóstico apoyado por ese LCR.
—Por las proteínas, la oftalmoparesia, la hiporreflexia y la ataxia.
—Y ahora sigue vomitando con la misma cefalea.
Foreman dejó el informe.
—¿Qué quieres hacer?
House se acercó.
—Otra punción.
—Taub puede...
—No.
House señaló a Foreman con el bastón.
—Tú.
Foreman frunció el ceño.
—¿Por qué yo?
—Porque intentaste medirla la primera vez.
Silencio.
—Esta vez quiero que lo hagas bien.
Foreman preparó el procedimiento.
Trece estaba junto a él.
El paciente los miraba desde la cama.
—¿De verdad necesitamos hacer esto otra vez?
Foreman se puso los guantes.
—Sí.
—La primera no fue suficiente.
House respondió desde la puerta.
—La primera nos dio una respuesta. El problema es que ahora sospecho que hicimos la pregunta equivocada.
Foreman lo miró.
—¿Vas a quedarte?
—Voy a asegurarme de que esta vez alguien escriba un número.
La aguja entró.
Foreman conectó el sistema de medición.
Esperó.
La columna comenzó a subir.
Trece observó la escala.
Siguió subiendo.
Foreman comprobó la posición.
Volvió a mirar.
Su expresión cambió.
—House.
—Número.
Foreman volvió a comprobarlo.
—Cuarenta y ocho.
House dejó de apoyarse en el bastón.
—¿Centímetros de agua?
—Cuarenta y ocho centímetros de agua.
Trece miró a Foreman.
Después a House.
Nadie hizo una broma.
Kutner escribió en la pizarra:
PRESIÓN LCR: 48 cm H₂O
House contempló el número.
Luego recorrió todo lo que quedaba escrito.
CEFALEA
VÓMITOS
DIPLOPÍA
PARESIA VI IZQUIERDO
HIPORREFLEXIA
ATAXIA LEVE
House tomó el informe de la primera punción.
—¿Qué presión obtuvimos aquí?
Foreman no respondió inmediatamente.
—No quedó una medición fiable.
House levantó la mirada.
—¿Intentaste medirla?
—Sí.
—¿Y no pudiste?
—No de forma válida.
House dejó el informe sobre la mesa.
—Pero usamos ese mismo LCR para apoyar Miller Fisher.
Foreman sostuvo la mirada.
—Tenía proteínas elevadas. Tenía oftalmoparesia, hiporreflexia y ataxia. Era compatible.
—Compatible no significa correcto.
—Tampoco significa incorrecto.
House señaló:
48
—Esto significa que tenemos una cosa que sabemos.
Foreman guardó silencio.
House continuó.
—Si hubiéramos tenido este número en la primera punción, ¿le habríamos dado cuarenta gramos de inmunoglobulina?
—No lo sabemos.
—Exacto.
House tomó el plumón.
—Porque no lo medimos bien.
Foreman lo corrigió.
—Porque no obtuvimos una medición fiable.
House lo miró unos segundos.
—Puedes escribirlo así en la epicrisis.
Borró:
MILLER FISHER
Debajo escribió:
HIPERTENSIÓN INTRACRANEAL
Trece miró las imágenes.
—No hay masa que explique el aumento de presión.
Taub añadió:
—La angio-TC tampoco mostró una causa vascular significativa.
Foreman señaló la resonancia.
—Y no hay una lesión estructural que explique una presión de cuarenta y ocho.
House añadió una palabra:
IDIOPÁTICA
Kutner miró la pizarra.
—Entonces el nódulo hipofisiario...
—Es un nódulo hipofisiario —respondió House.
—¿Y Miller Fisher?
House dejó el plumón.
—Era una buena explicación.
—¿Pero?
—Para otra enfermedad.
Se canceló el estudio que estaba pendiente para intentar confirmar Miller Fisher.
No hubo necesidad de repetir la angio-RM.
La inmunoglobulina había terminado.
El tratamiento cambió.
Acetazolamida. 250 mg cada ocho horas.
Corticoides para controlar la reagudización.
Y una nueva interconsulta.
Oftalmología.
La oftalmóloga examinó el fondo de ojo.
Después de dos meses, el paciente había aprendido que cuanto más tiempo permanecía un médico en silencio mirando algo, menos ganas tenía de preguntar.
Finalmente se apartó.
—El nervio óptico está sano.
—¿Eso es bueno?
—Muy bueno.
Aquello era especialmente importante con una presión intracraneal elevada.
El nervio óptico no mostraba daño.
Sería uno de los elementos que deberían vigilarse durante los meses siguientes.
La oftalmóloga mencionó además que había observado alteraciones oculares semejantes asociadas a estrés.
La observación quedó allí.
Como una posibilidad respecto del componente ocular.
No como una explicación capaz de reemplazar una presión de cuarenta y ocho.
También apareció otra pequeña sorpresa.
—Para ver de cerca necesita uno coma cinco.
—Hace un mes y medio me dijeron cero coma cinco.
—Ahora es uno coma cinco.
A esa altura, una dioptría era probablemente la noticia menos interesante de toda la hospitalización.
Taub miró la ficha.
—Ciento cuatro kilos.
House levantó la vista.
—¿Eso es un diagnóstico o estás siendo desagradable?
—Uno ochenta. Con hipertensión intracraneal idiopática debería bajar de peso.
Kutner revisó la indicación.
—Meta entre ochenta y ochenta y cinco.
House me miró.
—Buenas noticias.
—Tengo miedo de preguntar.
—Encontramos una enfermedad que incluye dieta en el tratamiento.
—Prefería las inmunoglobulinas.
—Eso es porque no viste la cuenta.
La puerta de la habitación estaba abierta.
Once días después de haber ingresado, el paciente podía vestirse para salir.
La cefalea había mejorado considerablemente.
El ojo todavía no había terminado su propia historia, pero ya no necesitaba permanecer hospitalizado para continuarla.
Acetazolamida cada ocho horas.
Reducción progresiva de prednisona.
Analgésicos si eran necesarios.
Omeprazol temporal.
Kinesiología.
Neurología.
Fisiatría.
Nutrición.
CESFAM.
Y una indicación particularmente fácil de escribir y bastante más difícil de cumplir:
bajar de ciento cuatro kilos hacia ochenta u ochenta y cinco.
Estado funcional:
mRS 2.
Alta.
Cuddy encontró a House leyendo la epicrisis.
—Se va a casa.
—Eso suele ocurrir después del alta.
—Mejoró considerablemente.
House pasó una página.
—Acetazolamida. Controles. Rehabilitación. Pérdida de peso.
Cuddy señaló el documento.
—Miller Fisher sigue apareciendo entre los diagnósticos de egreso.
House la miró.
—También aparece hipertensión intracraneal idiopática.
—Porque Miller Fisher fue un diagnóstico diferencial importante.
—Y recibió inmunoglobulina por él.
—Con los antecedentes que tenían.
House dejó la epicrisis sobre la mesa.
—Excepto uno.
Cuddy sabía cuál.
—No puedes asegurar que una medición correcta en la primera punción hubiese cambiado todo lo que vino después.
House negó lentamente.
—No.
Miró nuevamente el número.
48 cm H₂O.
—Pero me habría gustado tenerla antes de gastar cuarenta gramos de inmunoglobulina.
Cuddy cerró la carpeta.
—Eso sí.
Wilson estaba esperando afuera.
Sacó el billete.
—¿Quieres despedirte?
House siguió caminando.
—La hipertensión intracraneal idiopática no cuenta.
Wilson comenzó a seguirlo.
—Paresia de un nervio craneal. Punción lumbar. Presión intracraneal. Neurología.
—La apuesta era que el diagnóstico era neurológico.
—Exactamente.
—Idiopática significa que no sabemos qué la causa.
—No significa que puedas recuperar tu dinero.
House se detuvo.
—Miller Fisher estaba equivocado.
—Y aun así perdiste veinte dólares.
—El nódulo estaba equivocado.
—Sigues perdiendo.
—La primera punción estaba mal medida.
—Veinte dólares.
House continuó caminando.
—Te odio.
—Ya usamos esa excusa.
El paciente salió del hospital.
Habían pasado once días desde el ingreso y cerca de dos meses desde que una cefalea decidió instalarse sin explicar qué quería.
Durante ese tiempo habían buscado la respuesta en los ojos.
En el cerebro.
En las arterias.
En una resonancia.
En un pequeño nódulo de seis milímetros.
En los reflejos.
En la marcha.
En las proteínas del líquido cefalorraquídeo.
Durante cinco días, incluso tuvo nombre:
Miller Fisher.
Después el dolor volvió.
Y una segunda punción lumbar produjo un número.
48 cm H₂O.
Ese número no borraba lo anterior.
La oftalmoparesia había existido.
La hiporreflexia había existido.
La pequeña alteración de la marcha había existido.
Las proteínas del LCR habían existido.
Miller Fisher había sido una posibilidad suficientemente convincente como para tratarla.
Pero cuarenta y ocho obligó a ordenar todas esas piezas de otra manera.
La primera punción también había intentado medir la presión.
No había dejado una medición fiable.
Nunca sabría con certeza qué habría ocurrido si aquel primer intento hubiese producido correctamente el número que apareció después.
Quizás la historia habría sido más corta.
Quizás no.
Lo único cierto era que, cuando finalmente apareció el 48, la historia cambió.
House regresó a la sala de diagnóstico.
Todavía quedaban restos de tinta en la pizarra.
Donde antes decía:
NÓDULO HIPOFISIARIO
ya no había nada.
Donde había escrito:
MILLER FISHER
quedaba apenas una sombra.
En el centro permanecía:
HIPERTENSIÓN INTRACRANEAL IDIOPÁTICA
House tomó el borrador.
Wilson apareció detrás.
—¿Vas a borrarlo?
—El paciente se fue.
—Eso no significa que yo deje de tener razón.
House borró la pizarra.
Wilson sacó los veinte dólares.
—¿Almuerzo?
House miró el billete.
—Yo invito.
Wilson arqueó una ceja.
—¿Con qué?
House le quitó los veinte dólares de la mano y siguió caminando.
—Con esto.
Wilson tardó un segundo en reaccionar.
—¡House!
House aceleró apoyándose en el bastón.
—Deberías haber especificado cuándo terminaba la apuesta.
Artículo relacionado · El BosqueEl dolor vuelve — Parte 1Basado en hechos realesLeer contenido