Cuando ser porfiado no afecta a nadie
A veces insistir no cambia nuestras limitaciones, pero sí lo que hacemos con ellas. Esta es la historia de una pequeña sentencia, una guitarra, mucha repetición y varios años haciendo algo que, en teoría, nunca debió ocurrir.

Mi hermana mayor tocaba piano. Cuando yo tenía unos ocho o diez años, ella estudiaba en una escuela de música y, como suele ocurrir cuando uno es niño, verla hacer algo despertó en mí las ganas de intentarlo también.
Quería aprender a tocar un instrumento.
Mi madre me llevó a la misma escuela y, antes de admitirme, una profesora debía hacerme una pequeña prueba. Me sentó frente a un piano, cerró la tapa y golpeó sobre ella una secuencia rítmica que yo debía repetir. La profesora hacía una secuencia, pero mi repetición era totalmente diferente. Volvía a intentarlo y yo volvía a responder algo distinto.
Si había que agrupar siete golpes de una determinada manera, mi cabeza parecía tener opiniones propias respecto de cómo debían distribuirse esos siete golpes. El ejercicio se repitió tres veces y la profesora giró hacia mi madre y le dijo directamente:
—Lo siento, pero su hijo nunca podrá tocar ningún instrumento. No tiene oído, ritmo ni coordinación.
Hola. Yo estoy aquí. 😐
Creo que el tacto era otra de las cosas que aquella profesora no tenía demasiado desarrolladas.
Y ahí terminó mi breve carrera musical infantil.
Lo curioso es que, visto desde hoy, estoy seguro de que la profesora estaba completamente en lo correcto. Nunca apareció veinte años después un talento musical prodigioso que demostrara que aquella evaluación había sido un enorme error. Nunca estudié música, tampoco canto ni guitarra y, después de escuchar algunas de mis grabaciones antiguas, la defensa incluso podría solicitar que parte del diagnóstico original permanezca incorporado al expediente.
Pero ocurrió otra cosa.
Aprender sin saber cómo aprender
Años después llegó una guitarra a mis manos y aquella sentencia seguía en alguna parte. Si no tenía oído, ritmo ni coordinación, entonces tendría que encontrar otra forma.
La solución que inventé fue bastante menos romántica de lo que uno esperaría de alguien intentando hacer música: convertirla en mecánica.
Aprendía una posición. Después otra. Practicaba un movimiento y lo repetía. Una vez. Diez. Cien. Las que fueran necesarias hasta que dejara de tener que pensar dónde debía ir cada dedo.
Con el ritmo ocurrió algo parecido. En lugar de sentir naturalmente todas las posibilidades de un rasgueo, encontré uno que podía reproducir y lo convertí durante mucho tiempo en mi pequeña infraestructura musical. Sobre ese patrón podía cambiar acordes, alterar algunas posiciones y, poco a poco, empezar a escuchar diferencias.
No aprendí guitarra para convertirme en guitarrista. La guitarra terminó convirtiéndose en una herramienta para otra cosa que había comenzado a ocurrir: aparecieron canciones.
Primero eran progresiones muy sencillas. Después descubrí que podía mover un dedo dentro de una posición y cambiar el color sin destruir lo que estaba haciendo. Podía repetir una secuencia mientras probaba una melodía encima, cambiar una entrada, alargar una palabra o buscar otra nota. Si algo no funcionaba, volvía al principio.
Sin saberlo, había trasladado a la composición el mismo procedimiento con el que había conseguido tocar: mantener algunas cosas constantes y modificar otras hasta encontrar algo que se pareciera a lo que escuchaba en mi cabeza.
Hubo incluso una banda
En algún momento de la enseñanza media ocurrió algo todavía más improbable: tuve una banda.
Bueno... llamar banda a aquello requiere cierta generosidad histórica.
Éramos tres compañeros. Uno tocaba guitarra y cantaba, otro tenía un teclado y yo ocupé el puesto que evidentemente correspondía entregarle al muchacho al que habían diagnosticado problemas de ritmo y coordinación: la batería.
No teníamos batería.
Así que improvisé una con una caja de zapatillas y dos varillas de ciruelo. 🥁
Nos reunimos una sola vez en mi casa, tocamos una de mis canciones, la grabamos en cassette y la banda desapareció inmediatamente después. Técnicamente tuvimos una carrera completa: formación, ensayo, grabación y separación. Todo en una tarde. 🎸
El cassette se perdió. Durante años tuve cajas llenas de cintas y hace algún tiempo, necesitando espacio, las boté. Sólo después entendí que entre todo ese material podía haber pequeños pedazos de historia que ya no tenía cómo recuperar.
La canción, sin embargo, sobrevivió.
Y siguieron apareciendo otras.
Grabar para recordar
Cuando llegaron los computadores y los micrófonos baratos, grabar dejó de necesitar un cassette. Podía sentarme frente al computador con la guitarra y registrar una idea antes de que desapareciera.
Muchas de esas grabaciones ocurrieron de madrugada, intentando no despertar a nadie. Había que cantar suficientemente fuerte para que el micrófono captara algo, pero suficientemente bajo para conservar relaciones cordiales con la familia y los vecinos. El resultado no siempre favoreció a la historia de la música.
Pero funcionaba para lo que necesitaba.
Con el tiempo empecé a guardar no solamente canciones. Aparecieron pequeños archivos con una progresión, una prueba de coro, un cambio de acordes o una melodía que todavía estaba buscando. Eran grabaciones de treinta segundos o un minuto que, vistas hoy, parecen una especie de notación musical doméstica.
Yo podía escribir en un documento los acordes de una canción, pero eso no guardaba exactamente cómo debía sonar. Un pequeño archivo de audio sí.
La tecnología también empezó a permitir otras cosas. Una segunda guitarra podía acompañar a la primera. Después aparecieron efectos, samples, baterías, piano, cuerdas y programas capaces de tocar cosas que yo podía imaginar pero no ejecutar.
Los resultados fueron variados.
A veces la tecnología conseguía acercar una canción a lo que había pensado. Otras veces simplemente demostraba que disponer de piano, cuerdas, efectos y veinte pistas no significa que sea obligatorio utilizarlos todos al mismo tiempo. 🎹
Esa lección tomó un poco más de tiempo.
Veinticuatro canciones
En la década de los 2000 decidí reunir parte de aquellas grabaciones.
No eran canciones profesionales ni pretendían formar un disco comercial. Eran demos registrados en distintos años, con diferentes herramientas y distintos niveles de entusiasmo, capacidad y sentido común.
La recopilación terminó teniendo 24 canciones.
Originalmente la llamé Demos and stupid things. En algún momento debí considerar que aquello era demasiada sinceridad editorial y pasó a llamarse Demos and Love Times.
Hace poco volví a escucharla completa después de muchos años.
Encontré cosas bastante malas. Interpretaciones que hoy me hacen preguntarme por qué consideré prudente presionar el botón Guardar y, peor todavía, conservar el archivo durante veinte años. También encontré canciones que recordaba distintas, arreglos que envejecieron pésimo y decisiones de producción que seguramente parecían extraordinarias cuando acababa de descubrir que el computador podía hacerlas.
Pero encontré algo más interesante.
Detrás de muchas de esas grabaciones seguía apareciendo el mismo mecanismo.
Una progresión se repetía mientras la voz buscaba una melodía. En algunos archivos podía escuchar varios intentos consecutivos hasta encontrar una entrada. En otros, la canción estaba perfectamente clara, pero mis capacidades para tocarla o cantarla no alcanzaban a representar lo que tenía en la cabeza. Y en algunos pequeños archivos que ni siquiera eran canciones completas pude reconocer decisiones que había grabado simplemente para no perderlas.
Entonces recordé aquella prueba sobre la tapa de un piano.
La profesora había evaluado cómo respondía un niño frente a un patrón y había encontrado limitaciones reales. Lo que ninguno de los dos podía saber era que, muchos años después, ese mismo niño iba a terminar utilizando precisamente los patrones para encontrar una manera de hacer aquello que supuestamente no podría hacer.
No me convertí en un gran guitarrista. Tampoco en cantante y mucho menos en aquel prodigio incomprendido que veinte años después demuestra que todos estaban equivocados.
Compuse canciones.
Algunas buenas, otras bastante menos. Algunas consiguieron parecerse a lo que escuchaba en mi cabeza y otras quedaron atrapadas en algún lugar entre la intención y lo que mis manos o mi voz podían hacer.
Pero existieron.
Y quizás eso es lo que más me interesa al volver a esos archivos tantos años después. No descubrir que aquella evaluación infantil estaba equivocada, sino entender que una limitación puede ser perfectamente cierta sin que necesariamente tenga que convertirse en una sentencia.
Yo no aprendí a tocar como alguien que tenía facilidad para hacerlo.
Aprendí patrones.
Los repetí hasta que dejaron de ser instrucciones y comenzaron a convertirse en movimientos.
Y después utilicé esos movimientos para hacer canciones.