El Bosque

Cómo preparé un café en París

Una mirada a cómo dos personas profundamente conectadas, que nunca llegaron a conocerse personalmente, construyeron un lugar común que solo existió como quimera. La historia detrás de Un café en París.

Make Cafe en Paris

A principios de los 2000 tenía una amiga: Leyla. De nacionalidad peruana, pero vivía en Venezuela, y yo en Chile. Nunca tuvimos la oportunidad de conocernos en persona y tampoco lo buscamos. Solo teníamos nuestros chats y videollamadas.

Leyla también es escritora y con ella pudimos conectar tantas ideas y tantos sentimientos, desde cosas triviales hasta otras muy profundas. Tuvimos, dentro de esa amistad, una relación linda e inocente, muy llena de poesía y creatividad. Ella me compartía sus escritos y yo le compartía los míos, pero no solamente cuando estaban terminados: compartíamos también nuestros borradores y nuestras ideas iniciales.

Según mi forma de ver las cosas, aquello era un paso más allá de compartir las situaciones cotidianas: era una forma de que los sentimientos que nacían de ellas pudieran quedar inmortalizados en poemas e historias que probablemente ni siquiera tuvieran relación directa con la situación que los había provocado.

Leyla no era solamente la inspiración detrás de una sobreactuada fantasía parisina. Era inspiración para mi vida y una motivación para seguir en el camino de las letras. Había cariño e intimidad, pero también vidas sentimentales propias. Nos compartíamos esas vidas, nos aconsejábamos y, muy especialmente, nos dejábamos leer mutuamente aquellos manuscritos que estábamos escribiendo.

Logré encontrar muchos respaldos de las conversaciones que manteníamos, donde Leyla me enviaba sus borradores o sus obras terminadas y hablábamos sobre ellas. Yo hacía lo mismo: le enviaba mis borradores, mis ideas, mis canciones, aquello que todavía estaba construyendo. Era hermoso poder compartir esas emociones y sentir que al otro lado había alguien dispuesto no solamente a leerlas, sino también a responder desde ese mismo lugar creativo.

Creo que Leyla es la persona con quien más cerca emocionalmente me he sentido en la vida sin siquiera haber tenido un romance.

Conservo las conversaciones sobre algunos de sus relatos, pero tristemente no los relatos.

Cuánto extraño esas conversaciones. Horas hablando de nuestras vidas y de nuestras historias, donde cada cosa, por trivial que pudiera parecer, podía adquirir un profundo significado.

Y quizás por eso apareció París.

Como mencioné, ella fue inspiración para muchas cosas y creo que, para mí, Un café en París reflejaba claramente quiénes éramos. También era una especie de manifiesto de que debíamos tomarnos ese café en París algún día, en algún restaurante en algún callejón con vista o cercano a la Torre Eiffel. Lo hablamos mucho en algún momento y este relato tiene esos matices de quienes éramos el uno para el otro, un sinfín de sentimientos y emociones que podíamos expresarnos con palabras y convertir nuestras vidas en poemas y relatos.

Ambos amábamos la idea de París como lugar de romances. No recuerdo exactamente si ella ya había ido a París alguna vez, creo que sí. De igual manera compartíamos la idea de los colores, sabores y olores de un café parisino y, por eso, París terminó convirtiéndose en un lugar que no conocíamos juntos y que, de alguna manera, ya nos pertenecía un poco. No necesitábamos haber estado ahí para imaginar una mesa, la cercanía de la Torre Eiffel, una conversación y dos cafés esperando mientras hacíamos lo mismo que ya hacíamos a miles de kilómetros de distancia: compartir emociones.

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