Cuando las historias eran papeles sueltos y relatos de caminatas
Durante años escribí poemas y pequeños relatos sin pensar que algún día intentaría construir una novela. Eran ideas, sentimientos e historias que terminaban dispersos entre cuadernos y papeles sueltos. Hasta que una caminata, una conversación y una historia contada casi por casualidad dejaron instalada una idea que tardaría muchos años en volver a buscarme.

Toda mi vida he sido introvertido y de bajo perfil. Sin embargo, de una u otra manera, terminaba destacando o haciéndome notar, incluso cuando no lo buscaba. Mi introversión nunca tuvo demasiado que ver con esconderme; simplemente me gustaba observar.
Observaba el entorno, a mis compañeros de curso, a mis amigos, sus comportamientos y sus reacciones, las cosas que parecían jugar a favor de unos y aquellas que jugaban en contra de otros. De cada persona intentaba recoger algo, quizá sin ser demasiado consciente de que lo estaba haciendo.
El problema es que tanta observación no terminó definiendo una personalidad propia. De alguna manera me convertí en una suerte de imitador: recogía aquello que me parecía mejor de los demás y lo incorporaba, aunque no necesariamente representara lo que yo quería ser. Con el tiempo terminé disfrazándome de lo mejor que veía a mi alrededor.
Sin embargo, aquel ejercicio tuvo una consecuencia inesperada. Observar constantemente a los demás, intentar comprender por qué actuaban de una manera y no de otra, me acostumbró a procesar muchas ideas en muy poco tiempo. Ante cualquier situación imaginaba caminos, consecuencias, respuestas y escenarios posibles. Y lo curioso era que, después de considerar tantas posibilidades, la realidad casi siempre encontraba una que no se me había ocurrido.
Quizá ahí comenzó todo. Ese intento de anticipar un mundo que se negaba a comportarse como yo esperaba terminó abriendo un espacio enorme para la creatividad. Si la realidad podía sorprenderme tomando un camino distinto, entonces también podía preguntarme qué habría ocurrido si hubiese tomado cualquiera de los otros. Y había muchos.
El primer registro que conservo de esa necesidad de escribir es de 1993. Tenía trece años. Por entonces escribía poesías en verso y en prosa, además de pequeños relatos. No conocía técnicas literarias y tampoco me preocupaba por aprenderlas. Nadie me enseñó cómo debía escribir un poema ni cómo debía construirse una historia. No tuve un mentor, ni un poeta o escritor favorito al que intentara seguir. Simplemente escribía.
Leía bastante, aunque curiosamente mis lecturas tampoco parecían conducir hacia la literatura. Me atraían especialmente los libros sobre ciencias espaciales y los libros de historia. Muchas veces eran grandes enciclopedias, llenas de ilustraciones que inicialmente llamaban mucho más mi atención que sus textos. Podía pasar horas recorriendo aquellas páginas, intentando comprender mundos que estaban demasiado lejos en el espacio o demasiado lejos en el tiempo.
En la biblioteca de mis padres, sin embargo, había muchas novelas y comencé a tomarlas por curiosidad. Así aparecieron J. J. Benítez, Ken Follett, Barbara Wood, Manuel Rojas y Julio Verne. Antes de los quince años también habían llegado a mis manos El Cantar de mio Cid y La Odisea. No existía un criterio demasiado sofisticado detrás de aquellas elecciones: leía lo que encontraba, abandonaba algunas cosas, terminaba otras y seguía buscando. Pachapulai, por ejemplo, fue un libro que tardé años en terminar porque mi padre me dijo que lo leyera, pero esa es otra historia.
Poco a poco descubrí que las novelas también podían contener aquellos mundos que tanto me atraían. Aun así, nunca se me cruzó por la cabeza escribir una. Mis poemas y pequeños relatos me bastaban.
No había detrás de ellos ninguna aspiración literaria, ningún proyecto ni la idea de que algún día alguien pudiera leerlos. Mucho menos imaginaba un libro. Escribir era simplemente una manera de sacar algunas cosas de mi cabeza y dejarlas en alguna parte: pensamientos, sentimientos, preguntas, historias diminutas que aparecían y necesitaban un lugar donde quedarse. A veces era un cuaderno; otras, cualquier hoja que tuviera cerca. Eran solamente trozos de papel y durante muchos años pensé que eso era todo lo que necesitaban ser.
A los dieciséis años tuve un período especialmente prolífico de poesía y cuentos cortos. Parte de ese material terminó convirtiéndose, en 2001, en mi primer libro: Fábulas abstractas y romance perdido, una recopilación de poemas y relatos dividida en tres partes: De soledades, De amores y De la vida.
Suena bonito y hasta parece que detrás había una gran estructura. La verdad es que no.
Eran ideas sueltas, una especie de popurrí de conceptos que conseguí ordenar y presentar como si siempre hubiesen pertenecido a un mismo conjunto. Pero poner un buen marco alrededor de algo no lo convierte en una obra maestra. El libro terminó abandonado en el tiempo. Se lo pasé a varias personas y, hasta donde sé, nadie consiguió leerlo completo. Tampoco puedo culparlas demasiado: más allá del título de cada parte, no existía realmente un hilo que llevara de un texto al siguiente.
La intención de escribir una novela apareció mucho después.
En 1999 fui a una fiesta con mi gran amigo Claudio. Salimos caminando desde su casa y recorrimos casi la mitad de La Serena para llegar al lugar. Durante esos años caminábamos mucho, pero aquella noche yo llevaba una idea dando vueltas en la cabeza y comencé a contársela.
La historia fue creciendo mientras avanzábamos por la ciudad. Yo relataba y Claudio escuchaba. Durante buena parte del camino seguí agregando acontecimientos, personajes y situaciones hasta llegar a un final que, por lo visto, ninguno de los dos esperaba. Claudio quedó encantado con la historia.
Y algo me hizo clic.
Por primera vez pensé que aquello podía tener potencial. No era un poema, un pequeño relato ni una idea aislada. Era una historia completa y, además, era mi historia.
Lo lamentable es que nunca la escribí.
Con los años olvidé buena parte de lo que le conté aquella noche. Me quedaron fragmentos aislados, algunas escenas y, afortunadamente, aquel final inesperado que Claudio también recuerda. La historia que durante una caminata pareció estar completamente armada terminó convertida en lo mismo que tantas otras cosas que había escrito hasta entonces: pedazos sueltos.
Sólo que esta vez ni siquiera estaban en un papel.
Más de veinticinco años después estoy intentando reconstruirla. Es uno de los proyectos que actualmente me mantiene ocupado y que espero terminar antes de que acabe este año.
Aquella caminata de 1999 no produjo mi primera novela, pero fue la primera vez que se plantó en mí la idea de que debía escribir una.