El tiempo de las bestias: la novela que nació muerta
En 2004 comencé mi primera novela convencido de que podía descubrir la historia mientras la escribía. Nunca conseguí terminarla. Más de veinte años después entendí qué había salido mal y por qué aquella historia que nació para ser épica terminó enseñándome cómo no quería volver a escribir una novela.

En 2004, luego de escribir muchas poesías, relatos, fábulas y cuentos, me decidí al fin a comenzar una novela. En ese momento de mi vida parecía algo natural: después de haber cerrado cinco “libros”, aunque ninguno había sido publicado, era el momento de escalar al siguiente nivel.
Siempre he sido una persona metódica y muchas veces los planes pasan primero por mi cabeza antes de comenzar a hacer algo. Escribir un cuento sobre una pareja que se encuentra bajo un paraguas durante una tormenta es algo manejable. Escribir sobre un mago que dice que la magia se basa más en creer que en el propio truco también se puede controlar dentro de un relato corto.
En ambos casos no necesito conocer todos los detalles. No necesito un background completo de cada personaje. No importa si el abrigo del primer hombre bajo el paraguas es largo o corto, si es impermeable o simplemente sirve para protegerlo del viento. Tampoco necesito saber si el mago, cuando llega a su casa, duerme en un sofá o en una cama.
Ese tipo de información puede ser innecesaria cuando quiero ser específico en aquello que deseo transmitir como fondo de un relato.
Cuando me enfrenté a una novela descubrí que, para mí, entraban en juego otros elementos: la atmósfera, la historia detrás de los personajes principales, lo que ocurre en el entorno, un contexto capaz de mantenerse transversalmente y, por sobre todo, saber hacia dónde conduce el desenlace.
Con el tiempo entendí que, si no establecía esos elementos desde el principio, después me resultaba muy difícil incorporarlos sin que parecieran forzados, como una necesidad del guion en lugar de algo tan cotidiano como saber si mi personaje tomó o no desayuno antes de salir la mañana en que ocurre un determinado evento.
Sin tener esos elementos claros desde el inicio, todo comienza a volverse oscuro y aparece un ciclo casi infinito de improvisación, donde los personajes cobran vida y empiezan a dictar sus propias historias a medida que avanzan los capítulos.
En mi caso, la novela que careció precisamente de todos esos elementos se llamó El tiempo de las bestias.
En mi cabeza existían algunas ideas sobre lo que podría contener y tenía un comienzo bastante sólido. Pero quedó justamente en eso: un sólido comienzo del que nunca tuve claro hacia dónde iba y, mucho menos, cuál sería su final.
Todo iba bastante bien
Al comienzo puse a mi personaje —un forajido— huyendo a pie desde Santiago de Chile hacia Mendoza, Argentina, atravesando la cordillera de los Andes en tiempos de las colonias latinoamericanas, alrededor de 1800.
Lo perseguían las fuerzas españolas por un crimen que sí había cometido y, hasta ahí, todo funcionaba: tenía atmósfera, tenía contexto y tenía un propósito.
Recuerdo que le di una herida en una pierna para hacer más lenta su huida y aumentar la tensión desde el comienzo.
Funcionó.
Pero apareció la primera pregunta:
¿Cuánto tiempo podía mantener la tensión de una huida?
Entonces se me ocurrió la genial idea de hacerlo encontrar a un ermitaño en medio de la cordillera. Un ermitaño que, además, lo atrapaba y lo maniataba.
Para mí: ¡BRILLANTE!
Doble tensión. Ahora los militares españoles podían alcanzarlo mientras permanecía atrapado por el ermitaño.
Pero llegó la noche y los militares no continuarían la persecución en la oscuridad.
Entonces:
¡BOOM! 💥
Un sonido extraño. Luces en el cielo.
Ahora sí la tensión se iba a mil:
¡Una nave espacial! 🛸
Y extraterrestres. Y chupacabras.
Ahora tomaba sentido El tiempo de las bestias.
Listo. Era la mejor novela que podía escribir.
En apenas tres capítulos y menos de diez páginas ya tenía al lector cautivado por la cantidad de cosas que estaban sucediendo.
¿Qué venía ahora?
¿Y si los de las naves habían sacado a pasear a sus mascotas y después volvían por ellas?
¿Y si, de pasada, se llevaban al forajido, raptado, hasta su nave?
Una locura.
Qué entretenido. Qué emocionante.
Un best seller puro.
Y así, en apenas cuatro capítulos, mi forajido, que había comenzado huyendo a pie por la cordillera de los Andes, ya estaba arriba de una nave espacial.
🤔 ¿Y qué hago ahora que está arriba de la nave espacial?
¿Que hagan experimentos con él?
No. Demasiado predecible.
Tengo que demostrar que mi personaje es útil para los extraterrestres, así que pongámoslo a pelear con una bestia. Que demuestre su valor y decidan dejarlo quedarse.
¡PERFECTO!
¿Y si mi forajido aprende a comunicarse y comienza a entender la lógica de lo que hacen los extraterrestres?
¡Pero qué idea más genial!
¡INESPERADA!
A nadie se le podría ocurrir eso. Total, el ser humano tiene la facultad de volverse creativo para sobrevivir.
Ahora que sabe comunicarse, puede compartir información con los extraterrestres.
¡Pero qué genial me está quedando esta novela!
¡Tengo que empezar a ver cómo venderla a Hollywood! 🎬
¿Pero cómo sigo ahora?
¡Ya sé!
Vamos a darles un background a los extraterrestres. Motivaciones. Aspiraciones. Una razón para estar aquí.
Ellos tienen estas bestias como armas y vienen a la Tierra a entrenarlas porque es un mundo pacífico y atrasado tecnológicamente.
¡ESO!
Cuando las bestias están listas, las llevan a combatir en otros planetas.
¡Qué increíble historia!
¿Y si mi forajido, que ahora ya es amigo de los extraterrestres, recibe misiones junto a las bestias?
¡Fantástico!
Voy a infiltrarlo en misiones en la Tierra.
Pero entonces tengo que volver al capítulo uno y establecer que conoce otros idiomas. Pongamos que habla inglés. Así, cuando llegue el momento de infiltrarse, no estará limitado a lugares donde se hable español.
Un momento.
¿No será un poco rebuscado infiltrarse en 1800 para entrenar bestias?
Creo que es mejor...
viajar en el tiempo. ⏳
Así puede infiltrarse en guerras más modernas.
La montaña rusa
Creo que a estas alturas ya se habrán dado cuenta de que la novela había comenzado un ascenso sin final en una montaña rusa cuya pendiente se volvía cada vez más pronunciada y vertiginosa.
Y sí, está bien: un ascenso sin final por una pendiente.
Una tremenda contradicción.
Pero describe bastante bien lo que estaba haciendo.
Cada capítulo que agregaba tenía que ser más épico que el anterior.
Había comenzado con un hombre escapando por la cordillera y ya tenía extraterrestres, bestias utilizadas como armas, viajes entre planetas, infiltraciones y viajes en el tiempo.
El paso lógico era que en el siguiente capítulo fuera a derrocar al líder de los extraterrestres para liberar a las bestias o algo parecido.
Pero después tendría que ir por el creador de las bestias.
¿Y después qué?
¿Mi forajido tendría que matar a Dios?
Ahí estaba el problema.
Mi personaje carecía de un propósito general dentro de su arco narrativo.
Había funcionado mientras huía.
Después, cada vez que necesitaba mantener el interés, yo incorporaba algo nuevo que aumentara la tensión. El ermitaño no apareció porque la historia me hubiera conducido naturalmente hacia él: apareció porque necesitaba otro problema.
Después necesité otro.
Y otro.
Y otro.
La historia no estaba creciendo porque yo estuviera desarrollando aquello que ya existía.
Estaba creciendo porque permanentemente agregaba algo más grande.
Una historia que en mi cabeza estaba destinada a ser épica terminó convertida en un ascenso absurdo de tensión que, de continuar, probablemente habría terminado con la destrucción del universo.
Y todo había ocurrido casi por azar.
El oso polar 🐻❄️
En aquel momento simplemente dejé la novela a medias. No me detuve a analizar qué había salido mal.
En 2022 la encontré nuevamente y decidí leérsela a mis hijas menores.
Y ahí tuve, por primera vez, un aterrizaje bastante concreto sobre la calidad de lo que había escrito.
En mi cabeza, las bestias eran criaturas parecidas a los xenomorfos de Alien: negras, brillantes, con una anatomía que dejaba ver su musculatura, fuertes y atemorizantes.
Una de mis hijas me dijo que se había imaginado a la bestia como un oso polar.
¿En serio? ¿Te la imaginas como un oso polar?
Fui directamente a releer la descripción de la bestia.
No había descripción.
No la había descrito.
Yo veía perfectamente la criatura en mi cabeza y había asumido, de alguna manera, que el lector también podía verla.
Estaba tan empecinado en contar la historia como si todavía estuviera escribiendo un cuento que había perdido el foco de la novela no solo en lo argumentativo, sino también en algo tan básico como describir aquello que para mí resultaba evidente.
De hecho, ni siquiera recuerdo el nombre de mi protagonista.
Lo que sí recuerdo es que el ermitaño hablaba otra lengua y que, por necesidad del guion, mi forajido terminó aprendiéndola prácticamente en cinco minutos, como una especie de Piedra de Rosetta ambulante.
La novela que nació muerta
Así nació muerta mi primera novela: El tiempo de las bestias.
Años después, en 2016, intenté revivirla bajo el nombre Chupacabras.
Pero ya no tenía vuelta atrás.
Había demasiadas decisiones construidas sobre decisiones anteriores que nunca habían tenido una dirección común. Repararla ya no significaba terminarla. Significaba prácticamente comenzar otra historia.
Y creo que por eso nunca lo hice.
El carro de aquella montaña rusa ya se había estrellado.
No hubo sobrevivientes.