Un café en París

Tu cabello alborotado por la sutil brisa de aquella fría tarde de París. Tu bufanda vuela intentando escapar de tu cuello. Tus ojos tienen un triste relato que me toma un tiempo interpretar. El humo de tu singular cigarrillo rosa se mezcla con la suave niebla que aparece desde el Sena.
La esquina está iluminada por los faroles de aquel pequeño restaurante, donde prevalece el aroma a café. A paso lento nos acercamos, seducidos por el aroma. No hay palabras, pero un sinfín de pensamientos y sentimientos nos invaden.
¿Qué extraño movimiento del destino nos llevó a estar en aquel lugar?
Tus ideas revolotean intentando disfrutar el momento, pues temes que la dulce libertad termine siendo parte del olvido, porque la vida tiende a cansar y la magia se esfuma entre la niebla. La ironía se palpa al ir en busca de lo amargo de un café que seduce con su aroma mientras se ostenta de la dulce libertad. Su combinación se vuelve una mezcla perfecta en aquella tarde de matices rosas y azules.
Me miras mientras ocupamos la mesa con menor luminosidad de todas. Tus ojos están tristes y evitan mirar directamente a los míos. Te invade el miedo a perderte en tu camino.
—¿Qué te inquieta? —pregunto mientras tomo tu mano, que en un sutil movimiento retiras para buscar un pañuelo.
Respiras profundamente y miras alrededor, tal vez buscando las palabras correctas o quizás una excusa para guardar silencio.
—Esta tarde es hermosa —tomas aire nuevamente y me miras—. Son estas cosas bellas las que aún me dan aliento para amar la vida tanto como a mí misma.
Giras la mirada y revisas tu teléfono celular, que solo parpadea con su pequeña luz, como si esa pequeña luz contuviera las respuestas.
—Pero es difícil. Un resbalón y crees que todo se acabó —me miras a los ojos por un segundo y dejas mostrar una media sonrisa con una tremenda desazón en el alma—. Solo encontramos confort en el arte que los días nos dan. En la lluvia y en tu mirada, que me dice que aún cree en nuestro primer y único sueño.
Me siento inesperadamente confundido, pero sé que puede ser lo único que podría hacerte sentir mejor. Nuevamente tomo tu mano, intentando asegurar que lo que sientes es tan solo confusión del momento, que estoy ahí por ti y para ti, que puedo ser tu soporte. Pero esta vez no la retiras, sino que la giras y con tus dedos abrazas mi mano mientras la observas pensativa.
El silencio se rompe con la llegada del garzón, que pregunta qué nos serviremos. Al unísono, ambos coincidimos en el café que nos sedujo con su aroma. Nos miramos nuevamente e intercambiamos una sonrisa.
—Siempre se busca la amargura cuando se tiene algo dulce —replico en tono irónico.
Pero ese mal chiste es un gatillo para disparar los sentimientos hacia afuera.
—Es algo que buscamos porque nos sentimos inseguros de quiénes somos, de sentir lo que sentimos, de vivir así: felices.
Tu cabello ondea con la brisa fría mientras tus palabras vienen desde un lugar muy profundo y desconocido. Inesperado, pero conocido.
—Sabemos que no existe tal utopía y nos rendimos ante la soledad y la tristeza.
Esas palabras finales tienen tal amargura y desolación que me hacen recordar aquellos tiempos en que me perdí de mí mismo y de mi vida. Apresuradamente intento interpretar tus palabras desde mi propia experiencia.
—Queremos creer que lo inalcanzable existe en cada paso. Y lo alcanzable son solo partes de memorias de una vida que va desapareciendo.
Sobre mi idea, que parece completamente irrelevante, continúas:
—La fe es algo que perdura en nuestro corazón —piensas un segundo mientras el garzón pone las tazas de café sobre la mesa—. Posiblemente sea eso lo que logra nuestros encuentros espontáneos y nuestras salidas sin razón. Pero dicen que una persona no puede vivir dando poesía. Dicen que una persona debe ser real.
Eso me recuerda el constante conflicto entre lo que se vive, lo que se quiere y lo que fue.
Así es como una persona desea tener poesía, cree que su vida ha sido feliz, pero vive en tristeza y desazón. De este modo recordaremos este momento en el restaurante parisino, el aroma del café, los extraños cigarrillos «Elephant» y la brisa que jugueteaba con tu bufanda. Pero no estamos viviendo este momento, porque las emociones de los recuerdos y las pretensiones de un futuro ahogan la posibilidad de vivir el presente.
—Estoy seguro de que recordaré esta tarde —te digo con serenidad.
—Yo quiero vivir así para siempre.
Me sorprende bastante esa respuesta, y prosigues:
—Quiero vivir amando el cielo y la tierra, conociendo cada rincón y escondite de esta ciudad. Quiero vivir y morir escribiendo, cantando, sonriendo y llorando. Quiero vivir de la poesía y de la música, porque en mis sueños eso es lo único real que conozco: lo que siento, la brisa en mi pelo, lo que toco, tus manos entre las mías, lo que quiero, escribir eternamente.
Tomas un respiro luego de aquel largo e inspirado discurso y finalizas:
—Esto es vida para mí.
Todo toma un camino desconcertante y desconocido. Esa tarde, que yo quería que fuese romántica, se convierte en un lugar de confesiones filosóficas sobre la vida.
—El hecho de pensar en lo que se quiere y no hacer lo que se quiere es lo que nos entristece. Me refiero a que no podemos ser personas de reacción, hay que intentar ser personas de acción —intento ocultar mis dudas sobre lo que quiero decir—. Mira, yo una vez fui melancolía y quise ser poesía. Ahora soy poesía y quiero ser canciones. Cuando sea canciones querré ser algo más.
Intento atrapar tu mirada para continuar, pero veo un laberinto en tu interior. Trato de darte paz con una media sonrisa y un profundo respiro, como intentando demostrar que estamos vivos. Acaricio tu rostro, pero bajas la mirada y una lágrima brota y se desliza por tu mejilla.
—No lo puedo evitar —me dices en un tono triste, mientras buscas el pañuelo en tu diminuto bolso—. Quiero ser las palabras que escribo y quiero tener el don de nunca dejar de creer en la poesía.
Esas palabras me acribillan el alma.
Busco respuestas en el cielo mientras tus ojos se congelan en tu taza de café.
—Yo veo las nubes que de un matiz rosa se vuelven grises ante la noche y nuevamente se vuelven rosas con las luces de la ciudad. Todo cambia, pero es lo mismo.
Tomo un sorbo de café, preparándome para decir lo más revelador:
—Y me entristece saber que nunca podré verte feliz, que soy incapaz de devolverte la risa. Que soy incapaz de mostrarte que cada paso, que cada brisa, que cada instante es poesía.
Mientras termino la frase saco un «Camel» de mi bolsillo y lo enciendo, tratando de evitar mirarte.
—¿Lo es? —me dices con una incredulidad que me sorprende.
Me apresuro a contestar:
—Lo es. El sonido de la lluvia, los recuerdos que eso trae. El canto de las aves y la esperanza de que hay vida. Cada mañana el sol aparece y, cuando no lo ves, es porque las nubes existen, pero el sol sigue ahí. ¿No es eso poesía? —agrego con sutileza—. ¿No es poesía saber que siempre hay algo diferente en la rutina?
Y conforme las ideas encuentran su lugar, tu rostro se ilumina y complementas:
—Poesía es darle vida a las cosas y a los seres, y es ver más allá. Poesía lo es todo.
Me haces sonreír nuevamente.
—Poesía es lo que hay, es lo que fue y lo que puede ser. Poesía es tristeza y alegría.
Al momento de articular esas últimas palabras se forma un vacío que me parece una introspección de tu parte.
—¿A qué le temes? —te pregunto mientras apago mi cigarro.
Te tomas un momento para pensarlo.
—Temo perderme a mí misma.
El silencio nos rodea por un segundo que parece eterno.
—Y perder al amor de mi vida.
Esas palabras terminan de pulverizar mi supuesta romántica noche.
¿Cómo alguien puede perderse a sí mismo y sin quererlo? Pienso en preguntar, pero sé que sería un error. Tengo bastante claro que necesitas un consejo, pero no lo tengo. Quiero regalarte lo que necesitas, pero tú quieres algo que no puedo darte. La impotencia y la tristeza me envuelven.
—Sabes que yo misma debo encontrarlo —me dices, intuyendo mis pensamientos.
Y tienes razón, pero la impotencia de saber que no puedo hacer absolutamente nada al respecto me mata.
—Quiero tu felicidad —agrego como último recurso para evitar el silencio.
—Pero tú aún buscas tristeza en algo que es tan hipotético como el destino.
El silencio hace su parte tras tus palabras.
—¿Quiénes somos y qué queremos? —pregunto.
—Somos humanos y queremos respuestas —contestas fríamente, como dándolo por un hecho irrefutable.
—Yo soy poesía y quiero fantasía. ¿Quiénes somos y qué queremos? —repito la pregunta con el fin de establecer claramente tus sentimientos.
—Soy humano y quiero poesía en mi vida, siempre —subes la mirada y te arreglas un mechón que el viento puso sobre tu mejilla derecha—. Soy amante de la tragedia —concluyes.
—¿Quiénes somos? No quién eres —insisto—. ¿Quiénes somos y qué queremos?
La pregunta esta vez te confunde.
—No lo sé —la confusión se apodera de tu voz—. No puedo.
Y tus ojos deambulan sin rumbo.
Tu mano, un tanto temblorosa, saca otro «Elephant» de tu bolso y me apresuro a proveerte fuego. Una nueva lágrima marca tu mejilla.
—Mi dulce princesa —te digo—, todo estará bien. Yo sé quién eres y tú sabes bien quién eres, solo que hay cosas que no quieres aceptar. El tiempo recordará este momento y, si no es así, yo me encargaré de que así sea.
Una nueva brisa intenta llevarse las servilletas de nuestra mesa.
Una canción suena al final del callejón. Las hojas de los árboles vuelan por la calle y quiero preguntar: ¿Por qué me confías tus temores? ¿Por qué, si yo no puedo hacer nada al respecto? Pero me contengo porque no puedo hacerte parte de mi propia frustración.
—¿Cómo poder volar si desconocemos nuestras alas? —te pregunto con la voz entrecortada, a la vez que oculto mi nerviosismo peinando mi ceja en un solo movimiento—. Yo busqué convertir esta velada en romance y tú buscaste constantemente la desesperanza de la noche.
Hago una pausa para ordenar mis ideas.
—Yo siempre estuve viendo lo que tenía enfrente y tú constantemente veías lo que no tenías.
Termino con un suspiro que me alivia.
—No lo puedo evitar —me respondes con ganas de dar por terminada la conversación.
Y yo sigo repitiendo en mi cabeza que todo es acerca de ti y millares de fantasías. Y tú crees que todo es real. Tú lo hiciste real, pero aun así es solo fantasía.
En ese instante siento que confundiste mi propio destino y te pregunto lo que no quería preguntar:
—¿Qué necesitas?
Me miras fijamente, como nunca en toda la noche.
—Compañía —contestas determinada.
Nos levantamos de la mesa y caminamos junto a la brisa de la noche.